Guías del vino
El maridaje tiene fama de complicado y en la práctica se resuelve con cuatro ideas. Y con una quinta: la regla que más vale es que te guste.
Es la más útil de todas. Un plato liviano pide un vino liviano; un plato contundente aguanta un vino potente. Un tinto grande sobre un pescado delicado no marida: lo borra del plato.
Un vino con buena acidez limpia la boca después de algo graso o frito, y te deja listo para el próximo bocado. Es la razón por la que un blanco filoso funciona tan bien con fritos, quesos y empanadas.
Con un postre, el vino tiene que ser al menos tan dulce como lo que estás comiendo. Si no, el postre se lo come y el vino queda ácido y desabrido.
Las cocinas y los vinos de una misma zona llevan siglos acostumbrándose. Cuando no sepas qué hacer, un vino de la región del plato es una apuesta sorprendentemente segura.
Sin recetas rígidas, pensando en la mesa chilena:
Si te gusta el tinto y estás comiendo pescado, toma tinto. El maridaje es una herramienta para disfrutar más, no un examen. Estas reglas sirven cuando quieres acertar con algo que no conoces o cuando estás cocinando para otros; el resto del tiempo, la botella es tuya.
Un tinto con cuerpo y taninos marcados: le hace el peso a la grasa y al sabor ahumado de la parrilla.
Sí, si el tinto es liviano y el pescado tiene suficiente carácter. La regla que importa es la del peso: que ninguno de los dos tape al otro.
Uno al menos tan dulce como el postre. Si el vino es menos dulce que lo que estás comiendo, va a saber ácido y aguado.
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